Crónica: TriCiclo @ CGAC

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Posted diciembre 3, 2013 by in

Donde: CGAC, Santiago de Compostela
 
Cuando: 31 de octubre de 2013
 
Como: Medio aforo
 
Fotos: Fernando Fernández Rego
 
 

Ainara Legardon y Fantasmage entusiasmaron a los asistentes a un ciclo TriCiclo marcado por la ausencia de Scout Niblett.

by QA
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Para muchos expertos, el Centro Galego de Arte Contemporáneo es una de las obras maestras del arquitecto portugués Álvaro Siza. La construcción es respetuosa con el entorno y viene a complementar los espacios arquitectónicos generados por las fachadas del convento y la Iglesia de Santo Domingo de Bonaval. La estructura de su interior consta de un gran espacio y la presencia de la luz exterior hace del conjunto un recorrido atractivo para el visitante. Vale. Desgraciadamente, el proyecto del auditorio del CGAC debió de recaer en manos del más patán de los becarios. Ahí era donde se programaba el ciclo TriCiclo con las actuaciones en directo de Fantasmage, Ainara Legardon y una Scout Niblett ausente por problemas de salud

Accedimos al lugar de culto. Aforo medio y, sobre las tablas, Ainara LeGardon acompañada solamente de su guitarra, flanqueada por los instrumentos que luego usarían Fantasmage. Sonaban los primeros compases de “I won’t forget” -nos comentaron que en esos instantes el directo iba ya por su segundo tema- mientras buscábamos asiento. Y, en ese mismo momento comprobábamos que el sonido no acompañaba, que irónicamente la acústica de un espacio definido como auditorio era nefasta. Una putada para los músicos, pero no lo peor para los asistentes que tuvimos que arriesgar nuestros culos y espaldas en esos horribles asientos “ultraposturificables”. Siza y sus auditorios. Pueden probar fortuna en la facultad de periodismo a ver si en esa ocasión el arquitecto lo ha resuelto mejor, pero ya les advierto que pierden el tiempo.

Aunque un servidor estaría encantado de disfrutar de Ainara LeGardon con su banda, el concierto fue más que correcto. A valorar, especialmente, la fuerza de su interpretación y esas lecturas totalmente desnudas de su cancionero. Ásperas y, remitiéndome a su blog, me permito afirmar que con mucho papel de lija de 80 y escasas campurrianas. Fue su directo un correcto disparo de blues sobrio al que Ainara aplica la máxima de “menos es más”, con unas variaciones de intensidad que llevaban al público de una apacible calma a una sublime tempestad en cuestión de minutos. Ainara no es una “guitar-hero”, pero sabe exprimir todo el jugo de su guitarra hasta no quedar gota. Juega con la pedalera y extrae los sonidos más extremos de su instrumento. Siempre recurriendo a excesos, a posturas radicalmente enfrentadas, la LeGardon puede tocar bajo o provocar un crescendo atronador, puede experimentar con unos tonos graves que hacen vibrar tus entrañas y, poco después, recurrir a tonos tan agudos que parece que millones de agujas ardiendo perforan tu cerebro. Dió buena prueba de todo ello su descarnada interpretación de “Reason”.

En un intervalo entre canciones aprovechó para dedicar su concierto a Scout Niblett, principal reclamo de esta iniciativa Triciclo que había causado baja por una gripe.

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Tras presentar un tema nuevo, la bilbaína puso la mirada en su lado más noventero, iniciado con un blues que se diluía, reposado, en insistentes cadencias slowcore. Temas como “Thirsty” sonaban a gloria a pesar de la calidad acústica del lugar. El contrapunto son esos juegos con la distorsión que, francamente, no parecen llegar al público. Creo que o no tienen sentido, o no se entienden. Sí se han comprendido, y tanto, otras canciones menos directas que bordean el prog-rock y los intensos crescendos que invocan a la épica del post-rock de los años 90. El cierre lo puso “I left”, interpretada como su versión particular del “Rid of me” de PJ Harvey pero, ciertamente, dotada de mayor complejidad, con una base musical mucho más disonante y un sonido notablemente más sucio. Impresiona el poderío de Ainara LeGardon, a pelo, con su guitarra, a la que parece extraerle todos los demonios en un exorcismo musical. De lo mejor de la actuación, sin duda. De este modo, dejando al público con ganas de más, se despedía la compositora vasca anunciando el siguiente concierto con una breve y simpática clase de pronunciación de la palabra Fantasmage.

El caso es que los de Vigo parecían una intencionada reacción contra la complejidad de la actuación previa. Daniel Nicolás y Andrés Magán son de catalina grande y piñón pequeño, y no cambian de marcha hasta llegar a la meta. Como sus acólitos que, en comunión con el dúo, lograron transformar el auditorio en una improvisada sala de conciertos. Imposible no darle a la zapatilla y agitar los brazos durante la descarga de adrenalina que fue su directo. Guitarra, voz y batería fueron más que suficientes para un memorable concierto de garage-punk a la gallega.
De lo más bizarro era ver al público dejándose la piel en las primeras filas, mientras uno recordaba, en su etapa de estudiante, las tediosas ponencias de los más casposos intelectuales del Arte en ese mismo lugar.

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Referentes sixties, ciertos vínculos con grupos contemporáneos como White Stripes (“Fresa Salvaje”) o alguno de los Thee Oh Sees posibles. Todo ello pasado por la trituradora de este combo galaico para obtener una actuación personal y única. El clímax llegaría con “Vuelta a empezar” donde la gente se volvió loca en la primera fila. El pogueo se hizo cada vez más agresivo, hasta que varias personas subieron al escenario y se lanzaron sobre el público. Mientras tanto, el grupo pareció permanecer ajeno a todo aquel barullo: a ese auditorio vuelto del revés a base de tortas garajeras y de revisionismo posmodermo de muchos kilates. Así lo pusieron de manifiesto temas que recordaban a grupos femeninos de “la escuela de Phil Spector”, pero pasadísimos de revoluciones.

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Lo que más se agradece es esa enorme intensidad, muy superior a sus canciones en estudio, no como ciertos grupos ingleses de renombre que, a la hora de defender sus trabajos en directo, son una mera sopa de sobre. Ese sábado, probablemente, más de un@ se levantó con heridas de guerra debido a unos bailes locos, o con un pinzamiento del nervio ciático por los incómodos asientos. Pero lo que es seguro es que mereció la pena.


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