Un último adiós a Germán Coppini

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Posted diciembre 27, 2013 by in Galicia

Foto: Alberto García Alix
 
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Nos abandona uno de los pilares de la movida viguesa y de la música española de los ochenta, desde aquí un sentido y postrero homenaje.

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Recuerdo cuando escuché  por primera vez, en una función de teatro del colegio, “Estoy enfermo” de Golpes Bajos. En aquel entonces sólo contaba con 12 años, pero la sensación fue increíble: una voz grave y profunda que parecía por momentos convulsionar y los sonidos de la banda con la caja de ritmos, el bajo golpeado a destajo y los teclados provocando agobiantes atmósferas. En los tiempos de la era analógica, pasaron unos meses hasta que, por fin encontré el disco en una tienda y pude hacerme con una copia; sin dudarlo dos veces, fue el comienzo de una colección que hoy en día todavía guardo como oro en paño.

Fue poco después cuando descubrí que esa voz grave, la que recitaba letras costumbristas y oscuras, antes había formado parte de una banda viguesa llamada Siniestro Total. A éstos ya los conocía, pero solamente de oído, ya que en el comedor del cole se cantaban sus letras: “Las Tetas de Mi Novia”, “Ayatollah!” o “Los Chochos Voladores” eran perlas musicales que no podían pasar desapercibidas para un pardillo imberbe en pleno desarrollo de la libido, la personalidad y la mala leche. Así que ese disco, “¿Cuándo se come aquí?” (Dro, 1982) acabó cayendo también en mí poder.

Tambien recuerdo la primera vez que vi a Golpes Bajos en televisión -ir a un concierto para un crío de mi edad en aquella época resultaba una misión imposible- , presentaban en exclusiva “La Fiesta de los Maniquíes” y bueno, de aquella los programas musicales de la tele se salían, no eran la bazofia de hoy en día. El caso es que me quedé impresionado con la pinta de Germán Coppini, todo de negro con una especie de medalla en forma de cruz de hierro en la solapa de su chaqueta y con unos zapatos de plataforma de terciopelo, que más tarde averigüé que se llamaban creepers o boogies.

Fueron años gloriosos, pero poco a poco la cosa se iba diluyendo. En el año 1984 llegaría “A Santa Compaña” (Nuevos Medios, 1984), un disco sorprendente e imprescindible que continuaría esa tradición de atmósferas cargadas de oscuridad y tradición lírica íntima y preciosista en sus textos, pero la movida madrileña se moría: quizá la excesiva presencia mediática y unas tijeras que en forma de censura ya habían hecho de las suyas en “Caja de Ritmos” a raíz del escándalo de Calviño y Las Vulpes. A esto también habría que unirle la fatídica desaparición de Eduardo Benavente, algo que definitivamente marcaría un punto y aparte en la escena.

Se estaba pasando a formar parte de la rutina y de la cotidianeidad diaria –era normal abrir un periódico y ver a Alaska, al gran Poch o a Iñaki Glutamato en cualquier acto sociocultural de la época-, comenzaba La Bola de Cristal y el significado underground había desaparecido, ahora todo esto se había convertido definitivamente en comercialidad o mainstream, finalmente se había puesto de moda.

Y así, sin apenas ruido, fue bajándose el telón de un acto en el que nuestro protagonista, Germán Coppini, había escrito su nombre con verdaderos hilos de oro. Su legado de esta época es equiparable en España o superior al del mismísimo Ian Curtis, Joey Ramone o al de Johnny Rotten -afortunadamente Germán no cayó en el error de participar en ningún reality show-. Pero al vivir aquí, todo pasado por el prisma del chico tímido que se desarrollaba en aquella España cutre, cañí y casposa, recién salida del franquismo, magistralmente reflejada en las primeras películas de Pedro Almodóvar.

Años más tarde llegarían sus trabajos en solitario o sus colaboraciones con Nacho Cano, Las Manos de Orlac o Susana Cáncer entre otras. Eran “malos tiempos para la lírica”: las compañías discográficas lanzaban a los 4 vientos las virtudes  del cd –el final de la historia ya lo conocemos de sobra- y el público del momento ya no se acordaba del bueno de Germán. Actos como la colaboración con un artista de la talla del pequeño de los hermanos Cano despertaría la desconfianza de los modernos y postmodernos, cargados de prejuicios y en aquel momento más pendientes de lo que sucedía al otro lado del Canal de la Mancha. Lo que en otro lugar probablemente sería una carrera en ciernes, léase por ejemplo Marc Almond, aquí se convirtió en una travesía en el desierto.

En los últimos meses y tras la salida de “América Herida” (Lemuria, 2013), el músico santanderino estaba preparando un recopilatorio de su carrera temprana y dándole vueltas a unos cuantos proyectos, entre ellos el del grupo Néctar dentro del propio sello Lemuria.

Nos ha dejado un grande, la aportación de Germán Coppini a la música pop y rock española es enorme. Sus textos y su manera de cantar definieron perfectamente el fin de la transición española. nos ayudaron a acabar con la mediocridad y contribuyeron a que los que vivíamos en esta esquina remota de la piel de toro nos sintiéramos orgullosos de ser gallegos. Aunó como nadie y de manera natural el más bello lirismo y la tradición etnográfica de nuestra tierra, aun a pesar de su origen cántabro, colocándola en el disparadero de la postmodernidad.

Descanse en Paz Germán Coppini.


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