Battles Gloss Drop

En esto de escuchar música hay una asignatura que siempre queda para septiembre por mucho que la estudiemos: el reajuste de expectativas. Es un trabajo agotador, implica constancia y fe ciega en tus artistas predilectos, escuchar a desgana y mucha paciencia.
A primera vista el bastante cutre artwork de la portada del nuevo disco de Battles (Warp Records, sello santa y seña de la vanguardia electrónica de hoy) no augura nada bueno. Y la toma de contacto no ayuda. La hasta ahora llevada con discreción marcha de Tyonday Braxton, a cargo de la fundación de la banda, guitarra, teclados, voces y, en cierto modo, el liderazgo, en las dos primeras entregas de los neoyorquinos (su bastante ambicioso EP C/B y su aclamado Mirrored de 2007) se hace notar, y mucho. Siendo correctos, la discreta Africastle parece dejar entrever que las líneas abstractas de multidimensionales características han dejado paso a unas estructuras más simples y definidas. También es notable la bajada de pistón de John Stanier a cargo de las baterías, esta vez mucho más cercanas a la pista de baile.
Tampoco tiene muy buena pinta la casi floral Ice Cream, con la colaboración de Matias Aguayo. Donde había vocoders absurdos y montañas rusas rítmicas, ahora tenemos devaneos tropicales. Decepción creciendo, y tentación de desempolvar el Mirrored multiplicándose por números enteros.
La desaparición de aquella urgencia a la que nos tenían acostumbrados se confirma con Futura. Ahora hay que caminar por senderos distintos. Esta es la nueva velocidad, y el síndrome No eres tú, soy yo se hace patente también con Inchworm. Quizás hay que bajar el pistón y asumir con paciencia que el álbum se puede disfrutar si se lee con diferentes gafas que su predecesor.
Además, no hay naufragio que se tilde de emocionante si no hay un salvavidas a mano para que haya por lo menos un atisbo de salvación. La correosa y casi salvaje Wall Street aumenta las revoluciones y combina lo mejor de ambos discos: la locura casi cinematográfica del Mirrored y el espíritu de pista de baile de esta segunda entrega. El espíritu de Braxton sigue en la base de composiciones como ésta, y se agradece. Y la fiesta en el crucero del amor parece mantener la intensidad en la urgente My Machines, con la sorprendente colaboración de Gary Numan. Dos piezas que garantizan un buen tramo de concierto y permiten soñar.
Una breve inmersión tropicalista con Dominican Fade da paso a Swettie & Shack, pieza donde la voz la pone la japonesa Kazu Makino (cantante de Blonde Redhead) y que mantiene el esperanzador listón de la segunda parte del álbum.
Pero el desempate termina siempre inclinando la balanza, y finalmente el disco se diluye en tres piezas finales que incorporan minutaje pero restan interés, aun trayendo a colación al siempre recomendable Yamantaka Eye (Boredoms).
Como conclusión, un álbum disfrutable siempre que se pierda de vista su anterior álbum, y una pequeña aproximación de los de NY a la cultura de festivales y al tropicalismo que tanto se estila a ambos lados del Atlántico. Hay que tener fe y estar por el reajuste. Su directo, aun así, promete seguir siendo incendiario, y así lo esperamos.


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