Fleet Foxes Helplessness Blues

Abre este disco la voz de Robin Pecknold en “Montezuma” diciendo: ahora que soy mayor que mis padres cuando tuvieron a su hija, no sé en qué lugar me deja eso. Un análisis morboso como a buen seguro serán la mayoría sobre este esperadísimo segundo álbum de los de Seattle tendría que intentar discernir si, como todo el mundo presupone, habrá reajuste de expectativas y una bajada de nivel en la ya disparada carrera de los Fleet Foxes, o si podrán estar a la altura de su aclamado debut anticipado por dos maravillos eps como el homónimo y “Sun Giant“.
Pero la voz clara y limpia, enérgica pero aterciopelada de Robin Pecknold es algo que no se puede describir en una reseña y no tiene ambajes ni dobles lecturas: es el hilo conductor de una obra cargada de emotividad y estilo de los que marcan una época. Sí, época, porque contrariamente a la rumorología previa al lanzamiento del disco, los Fleet Foxes hacen precisamente esto, y lo hacen extremadamente bien, y tienen toda la pinta de seguir haciéndolo en el futuro. Con una producción aparentemente (sólo en apariencia) más suelta y ligera que en su álbum de debut de larga duración, pero inmensa en cuanto a detalles, nos sumerjen en casi cincuenta minutos de melodías eternas y armonías barrocas.
La fenomenal presentación de “Montezuma“, mostrando el habitual cóctel de preciosismo vocal y desesperanza letrística, es seguida por la folkie “Bedouin Dress” y la más intimista “Sim Sala Bim“, así como la energética “Battery Kinzie” y la más envolvente y étnica “Plains” con un notable final en “Bitter Dancer“.
Si bien ya estamos disfrutando del disco, viene algo que marca un antes y un después: el increíble single homónimo. Una canción progresiva con una letra espectacular (a mi entender, gran resumen del leitmotif de la lírica de Robin Pecknold), rodeada de bellísimos arreglos, y con un final de los que no se olvidan. Una obra maestra.
Pero, a pesar de poder ser un buen final, el disco sigue adelante. Quizás a sabiendas del esfuerzo emocional anterior, el siguiente tema, “The Cascades“, es una entrega de folk instrumental de más bajas revoluciones, un tentempié, un merecido descanso. Luego “Lorelai” nos vuelve a poner en la senda que ya es tónica del álbum y de la banda, meciéndonos hasta “The Shrine“, donde, acertadamente, un grito (exagerando) nos saca poco a poco del letargo y nos entrega ese fantástico himno que desemboca en un agradable “An Argument“.
Si bien el álbum puede pecar en sus composiciones de más simple y lineal que su predecesor, nunca lo hará en su progresión: se reservan para el final dos piezas imprescindibles, “Blue Spotted Tail” por su sencillez, intimismo y estilo etéreo sin un contexto determinado, y la fácilmente convertible en himno “Grown Ocean” (elegida por SubPop como primer adelanto en vídeo).
En resumen, otra fantástica entrega en la línea del disco homónimo de los de Seattle, con una producción renovada pero certera y, por supuesto, todo lo necesario y más para conquistar el trono de la música independiente. Un imprescindible.

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