Lisabö – Animalia Lotsatuen Putzua

No es fácil escribir sobre tu grupo favorito. No después de desesperarse una y otra vez entrando a la web de Bide Huts para ver si ha habido movimiento en los últimos meses. No después de reescuchar compulsivamente sus tres inmensos álbumes, ni de comentar el estado de la cuestión continuamente con el tenue, casi imperceptible pero fiable, tejido de seguidores a lo largo del país. No es tarea sencilla afrontar este álbum después de definir tu personalidad musical en torno al sonido y filosofía de una banda que se lo toma con la calma con la que los genios definen los trazos de sus obras.
Pero, como una recompensa a la espera, el cuarto disco de Lisabö tiene premio y, como es habitual, no es inmediato. Los de Irún han reestructurado filas y renovado energía con respecto a sus intenciones. Y, amigos, la senda parece tener un destino inmejorable. El que ha sido alabado como uno de los mejores directos posibles sigue estando plasmado en un disco que suena arrollador e intenso pero intimista, emocionalmente abrasador, profundo e hiriente.
Lejos quedan las sospechas sobre el camino a tomar por Osinaga y compañía viendo la línea evolutiva después de su siempre recomendable debut “Ezarian“: un interesante pero desesperante por insuficiente EP, un experimental “Izkiriaturik Aurkitu Ditudan Gurak” que difuminó la esencia claustrofóbica de los vascos, y un más reposado y reflexivo “Ezlekuak” que, si bien colocaba al grupo en el lugar merecido, palideció al lado de su siempre referente debut.
Pero su Pozo de Animales Avergonzados es otra historia. En sólo seis canciones a lo largo de 41 minutos, es capaz de crear en todas sus canciones algo de su sello: angustia sonora y poética, gusto por la belleza, melancolía y energía a partes iguales, todo ello montado sobre una base de post-hardcore que parece querer sonar mejor que nunca. Un sonido crudo y enmarañado pero perfectamente ensamblado que recuerda mucho al del reciente disco de Willis Drummond, otros compañeros de escena y filosofía.
La apertura parece dar una buena seña de lo que se viene encima: “Oroimenik Gabeko Filma” abre el disco en un intenso pasaje que nos sitúa allá, en su maravilloso “Ezarian“. Base rítmica abrasadora con visos de Drive Like Jehu y noise de alta cuna en las guitarras. Y un mensaje igualmente penetrador: Yo no espero la pureza del alma, por eso he de derretirte contra el sol, rezan los primeros versos de Martxel Mariscal para ponernos en situación.
No hay cello ni medias tintas, sólo breves momentos de respiro para volver a sumergirse en su universo. Así discurre la relativamente corta “Ez Zaitut Somatu Iristen“, que nos lleva con su medio tiempo hasta el incipiente tercer corte “Oinazearen Intimitatea“. Su interminable comienzo parece decir: voy a darte más, y más, y más hasta que explotes. Y así es, una abrasadora lluvia sonora de casi quince minutos repartida en dos temas.
Lo más parecido a una tregua es “Laztan Isilen Deidarra“, el quinto y penúltimo tema. Pero esta no es la tónica del disco, por si no nos habíamos dado cuenta: sólo paramos a tomar aire para volver a la lucha. Es una lánguida salida de la tormenta para volver a izar la bandera en un fin de disco que, a bajas revoluciones, nos teletransporta en sonido y armonías a los mejores temas de su discografía y deja un sabor de boca lo más dulce que una escucha de Lisabö puede producir.






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